28/2/13

Monstruos por el borde del mundo

Mi segundo libro en Edelvives (el otro es La Ciudad de las Nubes). ¡Gracias a Natalia Méndez, editora!


Con un click se puede ver más grande. Dice la contratapa:

"La gente del Cono sueña con monstruos. Al día siguiente, los monstruos soñados se hacen realidad. Entonces, todos van a cazarlos y los arrojan por el borde de su mundo. Pero hay un joven que sueña con Carmen, y Carmen no es un monstruo. ¿Cómo podrá convencer a los demás?

"Una novela de ciencia ficción sobre un pueblo que debe poner en duda lo conocido hasta el momento y, al mismo tiempo, la historia de cualquier joven que se convierte en adulto."

Es reedición. La primera edición salió en 1996, publicada por Alfaguara (fue la editora Graciela Pérez Aguilar; la ilustración, de Fernando Molinari):


En la nueva edición el texto está revisado, con cambios menores y la corrección excelente de Cecilia Espósito.

Acá van las primeras páginas de la novela. El texto puede ser (un poco) diferente del que aparece en el libro, porque está tomado de mi original y no de la versión publicada.

1. Sueños

Cuando los demás sueñan con monstruos, yo sueño con Carmen. Ellos sudan, se agitan en la cama, mueven los ojos bajo los párpados cerrados, abren y cierran la boca, mientras yo respiro con suavidad, sonrío y apenas si aprieto las manos contra el pecho.
Mi hermano Gardi, por ejemplo, tiene sueños terribles. Casi siempre es un sampión, enorme y desaforado, que se le viene encima. Gardi salta, se protege la cara con los brazos, me despierta a los gritos. Calmarlo va contra las reglas: si Gardi no termina su sueño, mal podrá contarnos dónde está el sampión, y no conseguiremos librarnos de él.
En cambio, yo sueño con Carmen. No me da miedo mientras sueño. El miedo viene después, al despertarme, cuando pienso en el momento en que me pregunten si soñé con algún monstruo y yo conteste que no, que otra vez soñé con Carmen, y se enojen conmigo.

2. Libros

Laszlo, el bibliotecario, dice que Carmen no figura en los libros. Se cansó de buscarla, dice, por orden alfabético, por especie, por hábitos, por tamaño, y nada. Carmen no existe, al menos en letra impresa.
La biblioteca es la casa más visitada del Cono. Adentro está la explicación para casi todos los sueños, para todos menos mis sueños con Carmen. Los habitantes del Cono soñamos bastante seguido, y día tras día vamos a ver a Laszlo.
¿Qué tenemos hoy? —pregunta Laszlo.
Un milojos —contesta uno de los visitantes.
¿Otra vez?
El visitante alza los hombros.
No es mi culpa —contesta.
Laszlo se pone de pie, alzando más de dos metros de cuerpo delgado: la altura suficiente para llegar a los estantes más altos. Sin dudar, estira el brazo y saca uno de los miles de libros iguales, sin inscripciones en el lomo, que tapizan las paredes. Y sin dudar lo abre en una página que le muestra al visitante.
¿Era así?
Sí —dice el visitante—. Más o menos así.
Rutina, casi siempre. Laszlo es viejo, tiene el pelo blanco por vivir encerrado y los ojos pequeños de tanto leer: ha tenido tiempo para aprenderlo todo. Conoce de memoria la mayoría de los monstruos que sueña la gente, sobre todo porque la gente no acostumbra descubrir cosas nuevas. Se aburre nuestro bibliotecario, gastando una y otra vez la página ciento diez de su libro ciento treinta, la página veintiocho de su libro cuarenta y tres, la página setecientos de su libro quince mil.
Hasta que llego yo. En cuanto asomo la cabeza por la puerta, Laszlo se pone furioso. Los ojos se le hacen más pequeños todavía, las cejas pasan al frente como pelotones de choque.
¿Otra vez?
Su pregunta favorita. Muevo la cabeza de arriba abajo para decirle que sí, evitando mirarlo a la cara. Es su puño el que me llama la atención, mientras se eleva en el aire y lanza un dedo índice arrugado y tembloroso en dirección a la salida.
A perder el tiempo en otra parte, entonces.
Sigo las instrucciones del índice. A la calle. Y así dos o tres veces por semana.
Que Laszlo no encuentre a Carmen en los libros es malo. Pero peor sería que la encontrara: no soporto la idea de verme formando parte de la expedición destinada a perseguirla, asediarla, capturarla. No puedo imaginarme ayudando a tirar a Carmen por el borde del mundo.

3. Milojos

El milojos es uno de los monstruos más frecuentes en el Cono. Más alto que Laszlo, y mucho más ancho, se parece a una montaña de basura salpicada de ojos. Latas viejas, papel, cáscaras de naranja, botellas, huesos de pollo, y entre todo eso una colección de pupilas de colores brillantes.
Mientras el milojos avanza rodando sobre sí mismo, cada ojo parpadea dos veces, mira fijo y se sumerge en el interior de la basura, para aparecer en cualquier otra parte sin previo aviso. Redondo, inquieto, hace un rápido escrutinio del mundo y se esconde otra vez. Es imposible contar cuántos ojos hay, porque nunca es la misma cantidad, pero mil es un número razonable.
A primera vista el milojos no da la impresión de ser dañino. Apenas si despide mal olor. Sin embargo algunos de sus ojos, los más verdes, tienen la habilidad de hipnotizar a los animales. El milojos, rodando como el contenido de una gran bolsa de basura que se da vuelta, se acerca a las vacas y a los cometroncos, los mira fijo y se acabó: nos quedamos sin ganado.
Los cometroncos caen más rápido. Guardan las pinzas dentro de la boca, bajan la cabeza hasta el piso y se meten andando en el interior del milojos, que para entonces ha abierto un túnel de la medida exacta en medio de su cuerpo. Las vacas resisten lo bastante como para mugir dos veces, pero hay que ver lo felices que parecen cuando un segundo más tarde se han olvidado del pasto y van a colaborar, desde adentro, con la digestión del hipnotizador.

4. Carmen

Carmen, en cambio, tiene exactamente dos ojos. Y, que yo sepa, solo me hipnotiza a mí. Está sentada en una silla muy alta, frente a un tablero de dibujo. Inclina la cabeza hacia un lado, hasta apoyarla en la mano izquierda; el codo descansa en el tablero. El pelo le cae por un lado de la cara, balanceándose hacia adelante y hacia atrás al compás de ritmos internos. Se ha puesto un pantalón azul muy ajustado y una blusa negra muy amplia: la clase de ropa que usa siempre.
Alrededor de Carmen hay paredes cubiertas de láminas que representan laberintos. Carmen los llama “circuitos electrónicos”. Los circuitos me recuerdan algo que vi en el Cono, pero no sé qué. A veces, al otro lado de una puerta cerrada hay ruido de pasos. Carmen se pone nerviosa.
Mi jefe no sabe que estás aquí —dice en voz baja.
Carmen no me ve, solo me oye. Yo, en cambio, puedo verla desde muchos ángulos diferentes: estoy un poco en todas partes, a su alrededor, en el tablero, bajo sus pies, junto a una lámina de la pared. Es lógico, porque yo estoy soñando, y ella no. Si no estuviera soñando me sería muy difícil soportar tantas perspectivas a la vez. Pero en los sueños uno logra cosas imposibles.
El tablero es en realidad la pantalla de una computadora, donde ella dibuja con los dedos. Hay reglas horizontales, verticales, números y figuras geométricas. Con el pasar de los sueños, Carmen me ha ido explicando cómo funciona, y si yo tuviera dedos cuando sueño podría dibujar como ella.

5. Mundos

Escribo “computadora” y no me doy cuenta. No hay computadoras en el Cono: son parte de lo que aprendí gracias a Carmen.
La verdad es que no hay demasiadas cosas en el Cono. Y hasta hace unos meses, cuando empecé a soñar con Carmen, el Cono era para mí todo lo que existía. Aun lo sigue siendo para el resto de la gente que vive aquí. Ahora sé que hay otros mundos, más anchos y más llenos de cosas que el nuestro. Lo sé porque Carmen lo sabe, aunque solo he visto una habitación cerrada en el mundo de ella. Tal vez un día me los muestre.
El Cono tiene diez kilómetros de diámetro. El centro es donde vivimos todos, doscientas personas más los perros. Hay plaza, biblioteca, calles, casas, árboles. El Río corta el pueblo por el medio, en su camino de Este a Oeste, de las tierras altas al borde; lo atraviesan cinco puentes, aunque los más ágiles podemos cruzarlo de un salto.
Alrededor del pueblo están los campos para el ganado y los cultivos. Allí trabajan mis padres y mi hermano Gardi, con los cometroncos. Yo, en cambio, paso la mañana en el periódico, ayudando a registrar lo que ocurre y a publicarlo para que todos conserven el recuerdo de sus propias vidas.
Cuanto más lejos del pueblo, más árido el suelo. Las tierras altas, al Este, están tapizadas de rocas que se apoyan unas en otras formando centenares de cavernas. En las cavernas de las tierras altas aparece la mayoría de los monstruos. Al otro lado, el desierto del Oeste es una región dividida en dos por el valle verde del Río.
No hay mucho más. Llegando al borde empieza a ralear el pasto, se acaban los árboles, y es difícil vernos por allí a menos que estemos arreando algún monstruo.
El borde es el fin del mundo. La tierra cae a pique hacia el vacío de abajo, hasta donde ya no se ve nada. No nos asomamos. Oímos el último grito de los monstruos que gritan, el último rugido de los que rugen, y a otra cosa. Que sepamos, el precipicio no tiene fondo.
¿Por qué lo llaman “Cono”? —pregunta Carmen, mientras sueño con ella.
No sé —contesto—. Nunca lo pensé.
Por lo que me contaste, la superficie no tiene forma de cono.
Es llana. Casi llana. Las tierras altas están un poco más arriba, pero apenas.
Qué raro. —Carmen apoya la nariz en el segundo nudillo del dedo índice, pensando. —Algún motivo debe haber para que tenga ese nombre.
¿Y por qué tu mundo se llama “Tierra”?
Carmen sonríe.
Supongo que por extensión. —Baja la mano y arruga la boca, preparando las palabras. —Primero se habrá llamado “tierra”, con minúscula, al sitio que pisan nuestros pies. Luego se habrá visto que hay muchas tierras, pero todas forman un único planeta, y a ese planeta también se lo llamó Tierra, “la Tierra”, con mayúscula. —Vuelta a sonreir. —Estoy inventando —aclara Carmen—. No te puedo asegurar que sea así.

6. Tierra

Me gusta su imaginación. Y me desconcierta. Si a ella le cuesta creerme cuando le hablo del Cono, para mí la cosa es peor: yo llego a dudar que alguna vez hable en serio, que existan la Tierra y sus pobladores, que todo su mundo sea más que otro sueño dentro del sueño.
La Tierra, según Carmen, es una esfera. La gente vive en la superficie, a todo lo largo y a lo ancho de la esfera, arriba y abajo. Y sin caerse. Dice Carmen que la propia esfera los agarra y no los deja caer.
Al parecer, casi todos los terráqueos están convencidos de eso. Pero no pueden tener una idea tan clara de su mundo como nosotros del nuestro, porque la Tierra es mucho más grande que el Cono. Cuántas veces más grande no lo sé; Carmen me lo dijo durante un sueño, pero se habrá confundido, porque era un número inmenso.
Aquí los sueños no son verdaderos —me explica Carmen, hablando de la Tierra—. Algunos sí, a veces, pero la mayoría son inventos.
Ojalá fuera igual en el Cono.

7. Táctica

Es que los monstruos nos dan mucho trabajo. Cada uno requiere una táctica especial, armas cuidadosamente elegidas y la participación de personas que sepan.
Con el milojos usamos espejos y al oculista del pueblo. El oculista se pone a la menor distancia del monstruo que la prudencia permite, y lo observa con detenimiento.
Ese —grita de pronto, cuando un ojo adecuado a nuestros fines surge en una parte visible.
Entonces enfocamos un espejo, de manera que el ojo se vea a sí mismo. Esto lleva al milojos a avanzar unos pocos centímetros en dirección al espejo.
Ese también —grita el oculista.
El segundo espejo aparece en escena: otro pequeño avance. Así seguimos largo rato, mientras el oculista hace gala de unos conocimientos que al resto nos están negados. Para nosotros todos los ojos son iguales, incluso los verdes.
Es importante no dejarse hipnotizar. Hay que hacer que el milojos quede en el borde de la visión, ahí donde las cosas son más parecidas a sombras, y en ningún caso, por ningún motivo, mirarlo fijo. Quien mira fijo a un milojos queda atrapado: abre las manos, suelta el espejo y empieza a caminar hacia la boca sucia y abierta del monstruo. Los demás tenemos que ayudarlo, tirándolo al suelo, poniéndole una venda en los ojos y echándonos encima para que no se mueva. En tanto, el milojos aprovecha para dar media vuelta e irse en busca de un par de cometroncos, su plato favorito. El hipnotizado tardará días en recuperarse, mientras cuenta historias curiosas sobre el mundo del milojos y su alma cristalina; nos reiríamos si no fuera tan triste.
Pero quienes nos dedicamos a cazarlo tenemos experiencia, y no nos dejamos vencer tan fácilmente por la tentación de mirar al monstruo. Pronto, siguiendo las indicaciones del oculista, conseguimos que el milojos se mueva más rápido, extasiado por su propia imagen que se reparte en los espejos, sin darse cuenta de cuán cerca del borde se encuentra. Los últimos espejos son los más difíciles de enfocar, porque hay que situarse junto al precipicio y estirar la mano en el ángulo exacto.
Hay un instante tenso, cuando alguien levanta el espejo final y todo parece detenerse por varios segundos. El milojos hace aparecer un último ojo vencido: al fin comprende lo que sucede, pero nos concede la victoria porque nuestro esfuerzo la merece. Las cáscaras de naranja, los huesos de pollo, los papeles viejos ruedan un milímetro, una décima de milímetro, lo necesario para romper el equilibrio. Todos los ojos se esconden a la vez, mientras nosotros respiramos hondo. El milojos emprende la caída que no va a terminar nunca.
Se oyen los suspiros, porque el milojos no grita ni ruge y todo ha ocurrido en silencio. Nos vamos caminando lentamente rumbo al próximo monstruo soñado.

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